Otro cuento de terror. pero este cuento, va un poco más allá de lo real. A veces no se entiende el comportamiento del ser humano.
LOS OJOS MUERTOS De y por Martín Bunge
Julián abrió los ojos y solo pudo ver una oscuridad
total. Una vocecita fina y apagada le salió entre la comisura de los labios. Al
escucharse, se preguntó en donde se encontraba. Recordó que se había despedido
de sus seres queridos. Fue un momento terrible para él y todos los que estaban.
También le vino a la mente la cara de su sobrina. Que le decía – NO TE MUERAS. .TÍO .NO TE MUERAS TÍO. TE AMO- Pensar que se hizo
cargo de ella cuando apenas tenía cuatro años. Ahora era una mujer de 35 con todas
las cualidades que pueda tener una bella mujer. Era la hija de su hermano Jorge
y de su cuñada Lucía. En un viaje de
vuelta que estos habían programado al Caribe por sus cinco años de casamiento,
el avión se estrelló en las costas de la isla nudista Hawksbill. Nunca fueron hallados sus cuerpos. Lloró mucho
porque amaba a su hermano y su cuñada. Julián vivía con la pareja y compartían
todo, incluido el sexo. Bueno, él se excedió y aunque fue aprobado por la
compañía de degenerados. Traía mujeres y hombres y formaba cuartetos y quintetos
y una vez la cantidad llegó a quince. O sea que fue una orgía inigualable. Con
el tiempo, ya solo y sin sus compañeros, dejó esa desviación y la tomó a su
sobrina Romina de unos 9 años en aquel entonces como una amante más. El secreto
fue guardado por los dos durante cuarenta años. Hasta que sufrió un infarto por
causa de una sobredosis de las patillas azules. Casualmente ocurrió en un viaje
que había invitado a su sobrina – amante- en un hotel de Miami. En un primer
momento le dijo no a la muerte. Urgente volvieron a Santiago del Estero y lo
internaron en una famosa clínica especialista en el corazón. Volvió a la
realidad y sintió que sus brazos y piernas se le acalambraban. Tampoco entendía
que habiendo recibido los santos oleos y perdonados los pecados se encontrara
en el infierno. El cura Manuel que lo confesó, salió de la habitación del
sanatorio con la cara desencajada. Varios le preguntaron si se sentía mal. En realidad, a pesar de ser un viejo cura y
haber sido preparado para los casos más infames, no se imaginó que podía escuchar atrocidades como de matar gente después hacer sexo
compartido y cocinarlas al horno con guarniciones. Él se encargaba de conseguir
los candidatos y candidatas que generalmente eran prostitutas de la calle o
linyeras. El proceso siempre era el mismo. Pagaba mucho dinero, los llevaba a
una estancia cerca de Termas. Se las drogaba, las bañaban y después sexo,
muerte, descuartizamiento. Por último el festín de la comida acompañada por
unos buenos vinos.
Volvió a la realidad y siguió preguntándose del
porqué toda su vida fue un desastre. Ahora que estaba en el infierno, se dio
cuenta de lo que le esperaba más adelante cuando vaya transcurriendo el tiempo.
Que castigo horrible, el de morir y volver a morir pero sufriendo. En un
momento dado, quedó como dormido. Sin darse cuenta buscó acomodar su cuerpo en
el ataúd y provocó que este se callera
del catre en que estaba ubicado, unos tres metros del piso y se hiciera trizas.
Cayó de tal manera, que hasta el latón que lo cubría se había desoldado. Pero
seguía inmóvil. Un aire fresco con olor a flores muertas le penetró por las
fosas nasales. Despertándose de golpe, profirió un grito espeluznante. Eran las
nueve de la mañana de un lunes. Dos trabajadores del cementerio pasaban
justamente por el lugar. Al escuchar el grito desgarrador hizo que comenzaran
una carrera hacia la administración. La mala suerte la tuvo el hombre mayor que no hizo cuarenta metros que le falló el
corazón muriendo en el acto. Mientras Julián todo mojado por los líquidos
químicos, trataba de salir de aquella pequeña prisión. El otro trabajador llegó
a la administración y no le salían las palabras para explicar lo que le había
sucedido. Recién ahí se dio cuenta que su viejo compañero y amigo no estaba con
él. Entro en Shock traumático. Se desmayó y lo internaron en el Hospital Regional. A Julián, le era imposible
en la posición en que estaba. Solo gritaba y gritaba. Nadie lo escuchaba. Llegó
la noche y una terrible tormenta se desató y comenzaron aparecer los fantasmas
de la conciencia. Eran como demonios que se reían a carcajadas tétricas. Estaba
rodeado de varios cajones que se encontraban en los cuatro pisos en dónde
guardaban los restos de sus ancestros. Gritaba más fuerte que nunca. Su misma
conciencia le salió al paso y una voz conocida de decía
-Julián. Aquí nos encontramos los muertos que
vivieron en paz y haciendo el bien- Vete de acá demonio- Y volvió a escuchar la
risotada que la reconoció como del mismo lucifer. A la mañana, bien temprano,
llegó hasta la bóveda su amada sobrina y abriendo el candado entró al recinto.
Otro grito terrible fue el que profirió Romina. Esta calló desmayada y su
cabeza dio contra un saliente de un pequeño altar, quedando muerta en el acto.
De casualidad, cerca del mediodía, uno de los oficinistas fue buscarla y se
encontró con el tétrico panorama. Pasó un día y todos los diarios, canales de
televisión, radios del país y del mundo hablaban de una orgía entre muertos que
había sucedido en la capital de la Provincia de Santiago del Estero. Entre sus
comentarios decían que un muerto había resucitado y desnudo lo habían
encontrado encima de su sobrina que mostraba unas piernas perfectas y sin ropa
interior. Sus ojos miraban la cara de Julián y este, también con la vista fija,
la miraba a ella pidiendo alguna explicación de lo que estaba viviendo.
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