Buscar este blog

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Muchas veces las personas se entregan a cualquiera para salir de la pobreza o miseria. En este caso JACINTO, curandero y practicante de las fuerzas del mal, consigue por nada y a la vez por mucho, el alma de un Senador de la Nación


JACINTO EL SERENO- por Martín Bunge


El frío de la noche carcomía los huesos. Se reflejaba en el rechinar de los dientes del sereno, que apenas cubierto con una especie de poncho, caminaba por los caminos estrechos del cementerio. El pobre hombre aceptó el trabajo que le diera el senador por el buen comportamiento político y de haberle acercado nada menos que alrededor de dos mil votos. Claro, El Jacinto era un poco el brujo del pueblo. Él había heredado de su tío abuelo, los libros que lo convertirían en un avanzado estudiante de magia negra. Este ser no curaba con oraciones a santos, vírgenes y cristos. Curaba invocando al demonio y con unos resultados muy positivos. Hasta el mismo senador lo salvó de morir de un cáncer fulminante. Diez años atrás, el político tuvo que vender su alma al demonio en un rito magistral que Jacinto realizaría matando a dos mujeres que estaban encarceladas por asesinar a sus concubinos a machetazos cuando estos estaban dormidos. Primero y en vida, les había extraído los ojos y las lenguas. Luego las fue desangrando obteniendo así los siete litros de sangre que necesitaba. Mezcló todo y los licuó. Agregó unas cenizas de los cuerpos calcinados de las mujeres y se lo dio a beber al senador durante siete días. Cada vez que le daba la dosis macabra, rezaba unas oraciones en un idioma desconocido. El escenario era como un santuario en dónde la cama del político era el altar. Estaba rodeado de velas negras y rojas y cerca de la cama, unas parvas de víboras negras danzaban al compás de una música extraña, nunca escuchada. Algunas, al no poder escapar por el fuego de las velas, solo atinaba acercarse a las patas de la cama envolviéndose a ellas y entre ellas. Otras conseguían el objetivo del ritual de subirse a la cama y danzar sobre el cuerpo del hombre que consiente y aterrado no intentaba movimiento. El Jacinto cantaba y rezaba y lo maldecía tirándole sangre  a la vez que con movimientos bruscos dibujaba en el aire una especie de latigazos. Pero habían pasado diez años de aquel rito satánico. El sujeto se curó milagrosamente y ahora era un senador nacional que manejaba en forma cubierta y secreta todo un país. A pesar de ser un demonio vivo, concurría a la iglesia como cualquier cristiano. Hasta tomaba la comunión. El pueblo lo amaba sin saber que de apoco los hacía fieles a su iglesia. La iglesia de Satán.
Esa noche Jacinto estaba inseguro. El demonio podía curar pero no podía dar la vida o la muerte. Él también estaba señalado como uno más a ser recluido a la oscuridad eterna. Llegando a uno de los extremos de la estrecha calle, se le apareció una nube blanca que lo tapó. Dentro de ella, unos gritos de dolor, llantos, quejidos que fueron callados por una voz profunda que mágicamente salía de la desconocida blancura diciéndole.
-          -Dentro de una semana, vendrá el senador con una gran cantidad de almas a buscarte y juntos irán al lugar ya elegido en dónde pagarán sus culpas junto a otros como tu.-
 De golpe la voz se calló y a la vez desapareció la nube blanca y las voces que estaban dentro de ella. - 

Pasó la semana y a la misma hora del día de la aparición, el cielo se cubrió todo de rojo. La noche se transformó en una especie de nube roja y llegó el senador con miles de almas tomando la del Jacinto y fueron a parar a un lugar en dónde la conciencia funcionaba perfectamente no así el cuerpo, los ojos, las lenguas ni los oídos. El senador los llevó al silencio infinito. El mundo dejó de existir y era una pequeña estrella más en el confín del universo. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario