Muchas veces las personas se entregan a cualquiera para salir de la pobreza o miseria. En este caso JACINTO, curandero y practicante de las fuerzas del mal, consigue por nada y a la vez por mucho, el alma de un Senador de la Nación
JACINTO
EL SERENO- por Martín Bunge
El
frío de la noche carcomía los huesos. Se reflejaba en el rechinar de los
dientes del sereno, que apenas cubierto con una especie de poncho, caminaba por
los caminos estrechos del cementerio. El pobre hombre aceptó el trabajo que le
diera el senador por el buen comportamiento político y de haberle acercado nada
menos que alrededor de dos mil votos. Claro, El Jacinto era un poco el brujo
del pueblo. Él había heredado de su tío abuelo, los libros que lo convertirían
en un avanzado estudiante de magia negra. Este ser no curaba con oraciones a
santos, vírgenes y cristos. Curaba invocando al demonio y con unos resultados
muy positivos. Hasta el mismo senador lo salvó de morir de un cáncer
fulminante. Diez años atrás, el político tuvo que vender su alma al demonio en
un rito magistral que Jacinto realizaría matando a dos mujeres que estaban
encarceladas por asesinar a sus concubinos a machetazos cuando estos estaban
dormidos. Primero y en vida, les había extraído los ojos y las lenguas. Luego
las fue desangrando obteniendo así los siete litros de sangre que necesitaba.
Mezcló todo y los licuó. Agregó unas cenizas de los cuerpos calcinados de las
mujeres y se lo dio a beber al senador durante siete días. Cada vez que le daba
la dosis macabra, rezaba unas oraciones en un idioma desconocido. El escenario
era como un santuario en dónde la cama del político era el altar. Estaba
rodeado de velas negras y rojas y cerca de la cama, unas parvas de víboras
negras danzaban al compás de una música extraña, nunca escuchada. Algunas, al
no poder escapar por el fuego de las velas, solo atinaba acercarse a las patas
de la cama envolviéndose a ellas y entre ellas. Otras conseguían el objetivo
del ritual de subirse a la cama y danzar sobre el cuerpo del hombre que
consiente y aterrado no intentaba movimiento. El Jacinto cantaba y rezaba y lo
maldecía tirándole sangre a la vez que
con movimientos bruscos dibujaba en el aire una especie de latigazos. Pero
habían pasado diez años de aquel rito satánico. El sujeto se curó
milagrosamente y ahora era un senador nacional que manejaba en forma cubierta y
secreta todo un país. A pesar de ser un demonio vivo, concurría a la iglesia
como cualquier cristiano. Hasta tomaba la comunión. El pueblo lo amaba sin
saber que de apoco los hacía fieles a su iglesia. La iglesia de Satán.
Esa
noche Jacinto estaba inseguro. El demonio podía curar pero no podía dar la vida
o la muerte. Él también estaba señalado como uno más a ser recluido a la
oscuridad eterna. Llegando a uno de los extremos de la estrecha calle, se le
apareció una nube blanca que lo tapó. Dentro de ella, unos gritos de dolor,
llantos, quejidos que fueron callados por una voz profunda que mágicamente
salía de la desconocida blancura diciéndole.
- -Dentro de una semana, vendrá el senador
con una gran cantidad de almas a buscarte y juntos irán al lugar ya elegido en
dónde pagarán sus culpas junto a otros como tu.-
De golpe la voz se calló y a la vez
desapareció la nube blanca y las voces que estaban dentro de ella. -
Pasó
la semana y a la misma hora del día de la aparición, el cielo se cubrió todo de
rojo. La noche se transformó en una especie de nube roja y llegó el senador con
miles de almas tomando la del Jacinto y fueron a parar a un lugar en dónde la
conciencia funcionaba perfectamente no así el cuerpo, los ojos, las lenguas ni
los oídos. El senador los llevó al silencio infinito. El mundo dejó de existir
y era una pequeña estrella más en el confín del universo.
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